Primera vez en un local
A veces no hay que quedarse con la primera impresión,
Ya te conté cómo acabamos por primera vez en un local swinger.
Aquella noche estábamos sin niños, así que era fácil improvisar.
Y nos pusimos manos a la obra.
Lo primero fue ducharnos.
A conciencia.
Por lo que pudiera pasar.
Después nos vestimos muy guapetones.
Mi pareja iba especialmente espectacular. Se puso una falda de vuelo muy colorida y un body negro ajustado.
Se perfumó, se maquilló y se planchó el pelo.
Los labios, rojo pasión.
Todavía me derrito cuando recuerdo la escena. Aunque, a decir verdad, me derrito cada vez que pasa por mi vera.
Cuando terminamos de adecentarnos, nos miramos.
—Vamos. Estamos listos.
La notaba muy nerviosa.
Yo estaba más nervioso todavía.
En el coche se respiraba una mezcla rara de sensaciones: rabia, miedo, nerviosismo…
Recuerda que estábamos en medio de la Gran Crisis. Aquello era una iniciativa más para ver si conseguíamos salir de ahí.
Llegamos al aparcamiento.
Era noche cerrada y el local estaba en un polígono mal iluminado, a las afueras de la ciudad.
Yo tenía la sensación de estar yendo a un puticlub.
Antes de bajarnos, miré a mi pareja.
—¿Qué hacemos?
—Qué vergüenza estar aquí.
Al final, ya que habíamos llegado hasta allí, salimos del coche y nos dirigimos a la entrada.
A mí me temblaban las piernas.
No queríamos que nos viera nadie.
Nuestro único objetivo era llegar a la puerta cuanto antes y escondernos en el baño.
Entre el aparcamiento y la entrada habría, como mucho, cien metros.
En ese trayecto repetimos unas quinientas veces:
—Qué vergüenza.
Se nos hizo larguísimo.
Así nos plantamos en la puerta.
Nos recibió un tipo alto, bien vestido.
—Bienvenidos. ¿Es la primera vez que venís?
Por nuestras caras, yo creo que ya lo sabía. Pero quiso asegurarse.
—Sí, es nuestra primera vez aquí —dije, con la voz más varonil que me salió en aquel momento.
—Aquí y en todos. Nunca hemos estado en un local y estamos muy nerviosos —aclaró mi pareja.
Nos sonrió.
—Pues lo pasaréis genial. Esperad aquí y ahora viene una persona a enseñaros el local.
Y añadió:
—Por cierto, son cuarenta euros.
Mientras esperábamos, observamos lo que teníamos delante.
El local nos pareció lúgubre. Oscuro. Olía a un ambientador que debían de echar en cantidades industriales.
Desde donde estábamos se veía un sofá que recorría las paredes del salón de la barra.
Uno de esos de polipiel que se limpian bien.
Al poco llegó nuestra guía.
Una mujer brasileña, bajita y alegre, que llevaba media vida trabajando allí.
Sabía perfectamente cómo tratar a dos palurdos como nosotros.
Antes de enseñarnos las habitaciones, nos explicó una norma:
—Esta zona es solo para parejas. Tú no puedes entrar sin ella.
Me lo dijo muy seria.
Eso me gustó.
Y empezó la visita.
—Aquí están las duchas.
—Esta habitación es para sexo grupal.
—Esta tiene una ventana para que os vea quien quiera asomarse.
—Y esta tiene una cama redonda.
Parecía una comercial inmobiliaria enseñándonos un apartamento.
Nosotros parecíamos dos corderitos camino del matadero.
Con aquella oscuridad no podía verle bien la cara a mi pareja, pero me la imaginaba.
Teníamos que ser un poema.
Después nos enseñó la zona donde también podíamos jugar con chicos solos.
Ahí nos explotó la cabeza.
—A la izquierda tenéis el glory hole. Aquí, la reja. Y más adelante, el cuarto oscuro.
¿GLORY HOLE?
¿REJA?
¿Pero qué era todo aquello?
Yo tenía una mezcla de miedo, vergüenza y una curiosidad brutal.
Esa parte estaba especialmente oscura. Más tarde, cuando nos quedamos solos, intentamos adentrarnos por allí.
Avanzamos unos metros.
Nada más.
Nos daba miedo.
A día de hoy seguimos sin ser capaces de recorrer ese pasillo.
Terminada la visita, nuestra anfitriona nos dejó solos ante el peligro.
Había poco ambiente. Y la gente nos parecía rara.
Así la veíamos nosotros, que acabábamos de llegar y no sabíamos ni dónde meternos.
Fuimos a la barra y, con mucho cuidado de no tocar nada, pedimos una copa.
Nos refugiamos en una esquina.
Hablábamos entre nosotros, evitábamos las miradas y procurábamos que nadie se acercara.
Muertos de miedo.
Muertos de vergüenza.
Nos sentíamos rarísimos allí.
Y, sin embargo, estar allí nos sirvió.
Hablamos de nosotros. De la Gran Crisis. De por qué habíamos hecho ciertas cosas y dejado de hacer otras.
Al rato sentimos que no pintábamos nada en aquel lugar y decidimos marcharnos.
Pero antes de salir, mi pareja dijo:
—Vamos a dar una vuelta por las habitaciones y salimos por ese lado.
Una de las grandes estaba libre.
Me propuso entrar.
Tenía una cama redonda y una luz que, aunque tenue, dejaba ver bastante bien.
Allí mi pareja se subió la falda, se agachó y empezamos a follar como si no hubiera un mañana.
Seguíamos intentando no tocar nada porque nos daba reparo.
Pero eso no nos impidió echar un polvo que todavía recordamos.
Terminada la faena, pusimos rumbo a la puerta y nos fuimos.
Aquello fue en 2024.
No volvimos a tener contacto con este mundo hasta 2026.
Lo que pasó en esos dos años te lo cuento en el siguiente post.