Algo había dentro de mi.
A veces reprimir tus sentimientos o tus necesidades no es la mejor idea
Cuando estaba en la universidad quería cambiar el mundo.
¿Y quién no?
Era muy activo en la vida estudiantil. Participaba en movimientos políticos, estudiantiles y sociales.
En aquel ambiente, lo normal era cuestionarlo todo: el sistema de producción capitalista, la precariedad de los jóvenes, tu sexualidad…
Recuerdo jornadas interminables hablando sobre sexualidad, géneros fluidos y relaciones no monógamas.
Fue una etapa muy enriquecedora. Y muy divertida.
Os cuento esto porque, para entender lo que viene ahora, hay que saber un poco de dónde venimos.
En aquella época conocí a mi pareja. Teníamos 23 años y coincidimos en plena ebullición del 15M.
Nuestros caminos se cruzaron en una de aquellas plazas donde estábamos acampados.
Yo, un joven revolucionario estudiantil.
Ella, una estudiante de Periodismo que quería contar al mundo lo que estaba pasando allí.
Quiso hacerme una entrevista para su programa de radio.
Yo me quedé prendado de semejante mujer.
Fue un flechazo instantáneo.
La entrevista terminó, pero nuestra historia empezaba a andar.
Enseguida comenzamos a salir. Y también a hablar sobre cómo queríamos construir nuestra relación.
Teníamos claro que el modelo clásico de marido y mujer no iba con nosotros. Llevábamos años criticándolo.
Queríamos ser modernos. Romper con lo establecido.
Queríamos hacer la revolución sexual.
La realidad fue bastante diferente.
Cuando empezamos, la pasión era tan grande que no queríamos compartir aquello con nadie.
Así que, con lo modernos que éramos, empezamos a construir una relación de lo más tradicional.
La revolución podía esperar.
Después llegaron el trabajo, los niños y las responsabilidades. Y aquellas inquietudes fueron quedándose aparcadas.
Cada pocos años volvíamos a hablar de relaciones no monógamas. Pero eran conversaciones más teóricas que otra cosa.
Sin planes. Sin pasos concretos.
Hasta que, después de doce años juntos, llegó un punto de inflexión.
Nos estalló una crisis de pareja que nadie vio venir y que casi lo arrasó todo.
La llamaré la Gran Crisis.
Cuando explotó, nos quedaron dos opciones: dar por terminado todo lo que habíamos construido o volver a levantar la casa sobre unos cimientos nuevos.
Elegimos lo segundo.
Y menos mal.
Todavía tengo muy fresca aquella crisis. Solo de pensar en ella se me paraliza el cuerpo y la tristeza se apodera de mí.
Salir de ahí no fue nada fácil.
Pero salimos.
Hicimos de todo: terapia individual, terapia de pareja, juegos de roles…
Pero, sobre todo, hablamos.
Hablamos muchísimo.
Y en esas conversaciones pusimos sobre la mesa, sin censura, cómo queríamos construir nuestro futuro.
Recordamos nuestras batallas universitarias. Y volvimos a hacernos aquella pregunta:
¿Queríamos seguir teniendo una relación monógama tradicional?
La respuesta ya te la puedes imaginar.
Dijimos que no.
Y empezamos a buscar opciones.
En medio de nuestra Gran Crisis, mientras intentábamos reconstruirnos, empezamos a leer sobre el mundo swinger.
Nos ponía como motos solo leer aquellos relatos.
Después de años de responsabilidades, nos habíamos olvidado un poco de nosotros como pareja.
El disfrute de los dos había quedado relegado a un segundo o tercer plano.
Leer cómo otras parejas disfrutaban de su sexualidad con otras personas nos abrió una vía que queríamos explorar.
La diversión y la complicidad que transmitían sus historias eran justo lo que echábamos de menos.
Así que una noche, después de hablar mucho y discutir mucho, cogimos el móvil.
Abrimos Google.
Y escribimos:
«Local swinger cerca de mí».
Esa misma noche fuimos a nuestro primer local swinger.
Lo que pasó allí te lo cuento en el siguiente post.